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dimecres, 20 de setembre de 2017

LA 145ª NOCHE


PERO CUANDO LLEGO LA 145ª NOCHE
Ella dijo:

Entonces los dos reyes dijeron al chambelán: "¡Que entre ahora el beduino!" Y fué introducido el beduino. Pero apenas apareció por la abertura de la puerta su cabeza de bandido, cuando la reina Nozhatú exclamó: "¡Ese es el beduino que me vendió a este buen mercader!"

Al oír estas palabras, el beduino dijo: "¡Soy Hamad! ¡Y no te conozco!" Entonces Nozhatú se echó a reír, y exclamó: "¡Verdaderamente es él, pues nunca se verá un loco semejante a éste! Mírame, pues, ¡oh beduino Hamad! ¡Soy aquella a quien robaste en las calles de la Ciudad Santa, y a quien maltrataste tanto!"

Cuando el beduino oyó estas palabras, exclamó: "¡Por Alah! ¡Es la misma! ¡Mi cabeza va a desaparecer ahora mismo de encima de mi cuello!" Y Nozhatú se volvió hacia el mercader, que estaba sentado, y le preguntó: "¿Le conoces ahora, mi buen padre?

El mercader dijo: "¡Es el mismo! ¡Y está más loco que todos los locos de la tierra!" Entonces dijo Nozhatú: "Pero este beduino, a pesar de todas sus brutalidades, tenía una buena cualidad: le gustaban los bellos versos y las hermosas historias". Enseguida el beduino exclamó: "¡Oh mi señora! Así es, ¡por Alah! Y sé una buena historia, sobremanera extraña, que me ha ocurrido a mí.

Ahora bien; si la cuento y agrada a todos los circunstantes, me perdonarás, y me concederás el indulto de mi sangre". Y la dulce Nozhatú sonrió, y dijo: "¡Sea! Cuéntanos tu historia, ¡oh beduino!"

Entonces el beduino Hamad dijo:

"¡Verdaderamente, soy un gran bandido, la corona de la cabeza de todos los bandidos! Pero la cosa más sorprendente de mi vida en las ciudades y en el desierto es la que vais a oír:

"Una noche que estaba echado sobre la arena junto a mi caballo, sentí oprimida mi alma por el peso de los maléficos hechizos de mis enemigas las brujas. Fué para mí una noche terrible entre todas las noches, pues tan pronto ladraba como un chacal, o rugía como un león, o me quejaba sordamente, echando baba como un camello. ¡Qué noche! ¡Y con qué impaciencia aguardaba yo su fin y la aparición de la mañana! Al fin se aclaró el cielo y se calmó mi inquietud. Y entonces, para librarme de los últimos vestigios de aquellos sueños malditos, me levanté enseguida, me ceñí el alfanje, cogí mi lanza, salté sobre mi corcel y lo lancé al galope, más rápido que la gacela.

"Y mientras galopaba de tal suerte, vi delante de mí un avestruz que me miraba. Estaba plantado muy tranquilo frente a mi caballo, y me disponía a llegar sobre él; pero cuando iba a darle con la lanza, se volvió rápidamente, abrió sus grandes alas, y salió como una saeta a través del desierto. Le perseguí de aquella manera, y me arrastró hasta una soledad toda desolada y llena de espanto, pues allí no había más presencia que la de Alah.

Sólo se veían las piedras peladas.

No se oía más que el silbido de las víboras, los gritos de los genios del aire y de la tierra, y los aullidos de los vampiros que buscan una presa. ¡Y el avestruz desapareció como por un agujero invisible o por algún sitio que yo no podía ver! ¡Y se estremeció toda mi carne!¡ Mi caballo se encabritó enseguida, y retrocedió resollando!

"Entonces sentí una inquietud y un terror muy grandes, y quise volver riendas para retroceder. ¿Pero adonde podría ir cuando el sudor brotaba de los flancos de mi caballo, y el calor de mediodía era insoportable? Una sed atormentadora me abrasaba la garganta y hacía jadear al caballo, cuyo vientre subía y bajaba como un fuelle de fragua. Y pensé: "¡Oh Hamad! aquí morirás. ¡Y tu carne servirá de alimento a los cachorros de los vampiros y a las fieras del espanto! Aquí está la muerte, ¡oh beduino!" Pero cuando me disponía a decir mi acto de fe y a morir, vi dibujarse a lo lejos una línea de frescura, poblada de palmeras: ¡Y mi caballo relinchó, sacudió la cabeza y se lanzó hacia adelante! Y en un galope me vi fuera del horror de aquel pelado y ardoroso desierto de piedra. Y delante de mí, cerca de un manantial que corría al pie de las palmeras, se levantaba una tienda magnífica, junto a la cual dos yeguas soberbias pacían la hierba húmeda y gloriosa.

"Me apresuré a apearme y a abrevar mi caballo, cuyo hocico echaba fuego, y a beber también aquella agua límpida y dulce hasta hacer morir. Después saqué de mi alforja una cuerda muy larga, y até mi caballo para que pudiese refrescarse libremente en aquella pradera. Y hecho esto, me incitó la curiosidad hacia la tienda para ver lo que era aquello.

Y he aquí lo que vi : "Sobre una estera muy blanca estaba sentado un joven de imberbes mejillas, tan hermoso como la luna en cuarto creciente; y a su derecha se hallaba en todo el esplendor de su hermosura una joven deliciosa, de cintura tan fina y flexible como la rama tierna del sauce.

"En aquel mismo momento me enamoré hasta el límite más extremo de la pasión, pero no sé exactamente si de la joven o del imberbe muchacho. Porque ¡por Alah! ¿Qué es más hermoso: la luna o el cuarto creciente?

"Y les dije: "¡La paz con vosotros!" En seguida la muchacha se cubrió el rostro, y el joven se volvió hacia mí, se levantó, y dijo: "¡Y por ti la paz!" Entonces proseguí: "¡Soy Hamad ben-El-Fezarí, de la tribu principal del Eufrates! ¡El guerrero famoso, el jinete formidable, aquel cuya valentía y temeridad vale por quinientos jinetes! ¡He dado caza a un avestruz, y la suerte me ha traído hasta aquí, por lo que vengo a pedirte un sorbo de agua!"

Entonces el joven se volvió hacia la muchacha, y le dijo: "¡Tráele de beber y comer!" ¡Y la joven se levantó! ¡Y anduvo! ¡Y el ruido armonioso de los cascabeles de oro de sus tobillos marcaba cada paso suyo! ¡Y detrás de ella, su cabellera suelta la cubría por completo, y se balanceaba pesadamente hasta el punto de hacerla tropezar!

Y yo, a pesar de las miradas del joven, contemplé con toda mi alma a aquella hurí, para no separar ya de ella mis ojos. Y volvió llevando en su mano derecha una vasija llena de agua fresca, y en la izquierda una bandeja con dátiles, tazas de leche y platos de carne de gacela.

"Pero la pasión me poseía de tal modo, que no pude alargar la mano ni tocar ninguna de aquellas cosas. No supe sino mirar a la joven y recitar estos versos:

"¡La nieve de tu piel, oh joven incomparable! ¡La negra tintura de henne está todavía fresca en tus dedos y en la palma de tus manos!"
"¡Creo ver, delante de mis ojos maravillados, que en la blancura de tus manos se dibuja la figura de algún ave brillante de negro plumaje!"
Cuando el joven oyó estos versos y notó el fuego de mis miradas, se echó a reír de tal modo, que le faltó poco para desplomarse. Después me dijo: "¡Veo verdaderamente que eres un guerrero sin par y un caballero extraordinario!" Y yo contesté: "Por tal me tengo. Pero tú, ¿quién eres?" Y alcé la voz para asustarle y hacerme respetar.

Y el joven dijo: "Soy Ebad ben-Tamim ben-Thalaba, de la tribu de los Bani-Thalaba, y esta joven es hermana mía". Entonces exclamé: "¡Apresúrate a darme tu hermana por esposa, porque la amo con todo mi amor y soy de noble estirpe!" Pero él contestó: "Sabe que ni mi hermana ni yo nos casaremos jamás. Hemos elegido este oasis en medio del desierto para vivir en él tranquilamente nuestra vida, lejos de todo cuidado". Dije: "¡Necesito a tu hermana por esposa, o de lo contrario, gracias al filo de mi espada, cuéntate con los muertos!"

"Oídas estas palabras, el joven saltó hacia el fondo de su tienda, y me dijo: "¡Guárdate, miserable, que desconoces la hospitalidad! Luchemos, pero a condición de que el vencido quedará a merced del vencedor". Y descolgó su alfanje y su escudo, mientras que yo corría en busca de mi caballo, saltaba a la silla y me ponía en guardia. Y el joven montó en su caballo, y se disponía a emplearlo cuando su hermana apareció con los ojos arrasados en lágrimas, y se abrazó a sus rodillas, recitando estos versos:

¡Oh hermano mío! ¡He aquí que por defender a tu hermana te expones al peligro de la lucha y a los golpes de un enemigo que desconoces!
¿Qué puedo hacer sino pedir al Ordenador de las victorias que triunfes y me guarde intacta de toda mancha, conservando para ti sólo la sangre de mi corazón?
¡Pero si el feroz Destino te arrebata, no creas que ningún país me verá viva, aunque sea el más bello de todos los países y se acumulen en él los productos de toda la tierra!
¡Y no creas que te sobreviva un instante! ¡La tumba encerrará nuestros cuerpos, unidos en la muerte como en la vida!

"Cuando el joven oyó estos versos de su hermana, se le llenaron de lágrimas los ojos, se inclinó hacia la doncella, levantó un momento el velo que le cubría la cara, y la besó entre los ojos. Entonces pude ver las facciones de la joven, tan bellas como el sol que aparece surgiendo de una nube. Después el joven contuvo un instante su caballo, y recitó estos versos:

¡Tranquilízate, ¡oh hermana mía! y mira los prodigios que va a realizar mi brazo!
Si no combato por ti, ¡oh hermana mía! ¿Para qué quiero armas y caballo?
Y si no lucho para defenderte, ¿para qué quiero la vida?
Si retrocedo cuando está en peligro tu hermosura, ¿no será señal para que las aves de rapiña se lancen sobre un cuerpo desde ahora sin alma?
¡En cuanto a ese que se dice formidable, y nos pondera la firmeza de su ánimo, le voy a dar delante de ti un golpe que le perforará desde el corazón hasta los talones!
"Después se volvió hacia mí, y me dijo:

¡Y tú, que deseas mi muerte, verás cómo a tu costa realizo una hazaña que llenará los anales del porvenir!

¡Porque después de componer estos versos, voy a arrancarte él alma antes de que puedas advertirlo!

"Y precipitando su caballo contra el mío, del primer golpe lanzó mi espada a lo lejos, y sin darme tiempo para espolear mi caballo y huir al desierto, me levantó de la silla como quien levanta un saco vacío, me lanzó cual una pelota por el aire, y me recogió al vuelo con la otra mano. Y así me sostuvo con el brazo tendido, como quien sostiene en un dedo un pájaro domesticado. Yo no sabía ya si todo aquello era un sueño, o si aquel joven de mejillas sonrosadas era un genio que vivía en aquella tienda con una hurí. Y lo que después pasó me hizo suponer que debería ser eso.

"Efectivamente, cuando la joven vió el triunfo de su hermano, se precipitó hacia él, le besó en la frente, y se colgó muy dichosa del cuello de su caballo, al cual guió hacia la tienda. Y una vez allí, descabalgó el joven, llevándome debajo del brazo como quien lleva un paquete. Y me dejó en el suelo, me mandó poner de pie, y cogiéndome de la mano me hizo entrar en la tienda. Pero en vez de aplastarme la cabeza con el pie, le dijo a su hermana:

"Desde ahora es el huésped que está bajo nuestra protección. Tratémosle con dulzura". Y me hizo sentar en la esterilla, y la joven me puso detrás un cojín, para que descansara mejor; y fué a colgar en su sitio las armas de su hermano, y a traerle agua perfumada para lavarle la cara y las manos. Después lo vistió con un ropón blanco, y le dijo: "¡Que Alah, ¡oh hermano mío! haga llegar tu honor al límite más alto, y te ponga como un lunar en la faz gloriosa de nuestras tribus!"

Y el joven contestó:

¡Oh hermana mía, de la raza de los Bani-Thalaba! ¡Me has visto combatir por tus ojos!

"Y ella dijo:

¡Los relámpagos de tu cabellera esparcida por tu frente, te coronaban con su claridad como una aureola, ¡oh hermano mío!

"Y replicó él:

¡He aquí los leones de las soledades infinitas! ¡Oh hermana mía! ¡Aconséjales que desanden lo andado! ¡No quisiera que la vergüenza los sepulte en el polvo que morderán sus dientes!

"Ella contestó:

¡Oh todos vosotros! ¡Este es mi hermano Ebad! ¡Todos los del desierto le conocen por sus hazañas, por su valentía y por la nobleza de tus antepasados! ¡Retroceded ante él!

¡Y tú, beduino Hamad, has querido luchar contra un héroe que te ha hecho ver la muerte arrastrándose hacia ti como una serpiente pronta a lanzarse sobre su presa!

"Y yo, viendo todo aquello y oyendo tales versos, me sentí muy confuso, y advertí mi insignificancia y cuánta era mi fealdad comparada con la belleza de aquellos dos jóvenes. Y vi que la hermosa joven traía una bandeja cubierta de manjares y frutas, y se la presentó a su hermano sin dirigirme una sola mirada, ni siquiera una mirada despreciativa, pues me consideraba como un perro, cuya presencia debía pasar inadvertida. Y a pesar de todo, yo seguía encantado, admirando su belleza incomparable, sobre todo cuando servía la comida a su hermano, sin cuidarse de ella para que a él no le faltase nada.

Entonces el joven, volviéndose hacia mí, me invitó a compartir la comida, y respiré tranquilamente, porque ya estaba seguro de salvar la vida. Me alargó un tazón de leche y un plato de un cocimiento de dátiles y agua aromatizada. Comí y bebí con la cabeza baja, y le hice mil y quinientos juramentos de que sería el más fiel de sus esclavos y el más devoto entre ellos.

Y me sonrió e hizo una seña a su hermana, que fué a abrir un cajón muy grande y sacó de él uno tras uno diez ropones admirables, tan hermosos los unos como los otros. Metió nueve de ellos en un paquete, y me obligó a aceptarlos. Y después me obligó a ponerme el décimo; ¡y ese décimo ropón, tan suntuoso y admirable, es el que en este momento me veis todos vosotros!

"En seguida el joven hizo otra seña, y la hermana salió para volver muy pronto; y ambos me ofrecieron una camella cargada de toda clase de víveres y de regalos, que he conservado cuidadosamente hasta hoy. Y habiéndome colmado de toda clase de consideraciones y presentes, sin haber hecho nada para merecerlos, ¡al contrario!, me invitaron a usar de su hospitalidad todo el tiempo que quisiera. Pero yo, no queriendo abusar, me despedí de ellos besando siete veces la tierra entre sus manos. Después, montando en mi corcel, cogí la camella del ramal y me apresuré a emprender el camino del desierto, por donde había venido.

"Y entonces, habiendo llegado a ser el más rico de mi tribu, me erigí en jefe de una gavilla de bandoleros salteadores de caminos. ¡Y sucedió lo que sucedió!

"¡Tal es la historia que os había prometido, y que merece la remisión de todos mis crímenes, aunque no son, en verdad, muy leves!"

Cuando el beduino Hamad acabó su historia, Nozhatú dijo a los dos reyes y al visir Dandán: "Hay que respetar a los locos, aunque imposibilitándolos de hacer daño. Ahora bien; este beduído tiene irremediablemente perdida la cabeza, pero hay que perdonarle sus fechorías en atención a su entusiasmo por los bellos versos y a su memoria asombrosa". Al oír estas palabras, el beduído se sintió tan profundamente emocionado, que se desplomó sobre la alfombra. Y llegaron los eunucos y lo cogieron.

Y apenas acababan de retirar el beduino, cuando entró un correo, y besando la tierra entre las manos de los reyes, exclamó: "¡La Madre de todas las Calamidades está a las puertas de la ciudad, pues no dista de ellas más que un pura sangre!"

Al oír esta noticia, aguardada tanto tiempo, los dos reyes y el visir se estremecieron de alegría, y pidieron pormenores al correo. Y éste les dijo: "La Madre de todas las Calamidades, al abrir la carta de nuestro rey y ver su firma al final del pliego, se alegró extraordinariamente; y al momento hizo sus preparativos de marcha, e invitó a la reina Safia para que viniese con ella, lo mismo que cien de los mejores guerreros de los rumís de Constantinia. Y después me ordenó que me adelantara para anunciaros su llegada".

Entonces el visir Dandán se levantó, y dijo a los dos reyes: "Es más prudente, para burlar las perfidias y las asechanzas que aun pudiera utilizar esa vieja descreída, que vayamos a su encuentro disfrazados de cristianos, llevando con nosotros mil guerreros vestidos también a la antigua moda de Kaissaria". Y ambos reyes hicieron lo que les aconsejaba el gran visir. Y Nozhatú, cuando los vió con tales atavíos, les dijo: "¡Verdaderamente, que si no os conociera os creería rumís!" Y salieron al encuentro de la Madre de todas las Calamidades.

Y ésta apareció bien pronto. Entonces Rumzán y Kanmakán dijeron al visir Dandán que desplegara a los guerreros en un gran círculo, y los hiciera avanzar lentamente, de modo que no pudiera escapar ninguno de los guerreros de Constantinia. Después el rey Rumzán dijo a Kanmakán: "¿Déjame que avance al encuentro de esa vieja maldita, pues me conoce y no desconfiará!"

Y espoleó su caballo. Y a los pocos momentos estuvo al lado de la Madre de todas las Calamidades.

Entonces Rumzán se apeó inmediatamente, y la vieja, al verle, se apeó también y le echó los brazos al cuello. Y el rey Rumzán, apretándola entre sus brazos, la miró con los ojos en los ojos, y la estrechó tan recio y por tanto tiempo, que la vieja despidió un cuesco formidablemente sonoro, pues hizo encabritarse a todos los caballos y saltar guijarros del camino a la cabeza de los jinetes.

Y en este momento los mil guerreros estrecharon a todo galope su círculo, y gritaron a los cien cristianos que rindieran las armas; y en un abrir y cerrar de ojos los capturaron hasta el último. Mientras tanto el visir Dandán se acercaba a la reina Safía, y besando la tierra entre sus manos, la enteró de todo lo ocurrido. La vieja Madre de todas las Calamidades, amarrada fuertemente, comprendió por fin su perdición, y comenzó a orinarse de firme en los vestidos.

Después todos volvieron a Kaissaria, y desde allí marcharon inmediatamente a Bagdad sin ningún contratiempo.

Los reyes mandaron iluminar la ciudad e invitaron a los habitantes, por medio de los pregoneros, a reunirse delante del palacio. Y cuando toda la plaza y todas las calles estuvieron invadidas por la muchedumbre, mujeres y niños, salió de la puerta principal un asno sarnoso, y sobre él y mirando al rabo iba amarrada la Madre de todas las Calamidades, con la cabeza cubierta por una tiara roja y coronada de estiércol. Y delante de ella marchaba un pregonero, que enumeraba en alta voz las fechorías de aquella maldita vieja, causa de tantas calamidades sobre Oriente y Occidente.

Y cuando todas las mujeres y todos los niños le hubieron escupido a la cara, la ahorcaron por los pies en la puerta principal de Bagdad. Y así pereció, devolviendo a Eblis su alma fétida por el ano, la pedorra calamitosa, la vieja de fabulosos cuescos, la taimada y perversa descreída Schauahi Omm El-Dauahi. La suerte la traicionó como ella había traicionado. Y esto fué para que su muerte pudiera servir de presagio de la toma de Constantinia por los creyentes y del definitivo y futuro triunfo en Oriente del Islam sobre la tierra de Alah, a lo largo y a lo ancho.

En cuanto a los cien guerreros cristianos, no quisieron volver a su país y prefirieron abrazar la fe de los musulmanes.

Y los reyes y el visir Dandán mandaron a los escribas más hábiles que apuntaran esmeradamente en los anales todos estos pormenores y acontecimientos, a fin de que pudieran servir de ejemplo saludable a las generaciones futuras.

"Y tal fué, ¡oh rey afortunado! -siguió diciendo Schehrazada dirigiéndose al rey Schahriar la espléndida historia del rey Omar All-Nemán, la de sus maravillosos hijos Scharkán y Daul'makán, las de las reinas Abriza, Fuerza del Destino y Nozhatú; y las del gran visir Dandán, y los reyes Rumzán y Kanmakán".

Después se calló Schehrazada.

Entonces el rey Schahriar la miró por primera vez con ternura, y le dijo:

"¡Oh Schehrazada, la muy discreta! ¡Cuánta razón tiene tu hermana, esa pequeña que te está escuchando, cuando dice que tus palabras son deliciosas por su interés y sabrosas por su frescura! Empiezas a hacerme lamentar la matanza de tanta joven, y acaso hagas que olvide, el juramento que hice de matarte como a todas las otras".

Y la pequeña Doniazada se levantó del tapiz en que había estado escuchando, y exclamó: "¡Oh hermana mía! ¡Cuán admirable es esa historia! ¡Y cómo me han encantado Nozhatú y sus palabras, y las palabras de las jóvenes! ¡Y qué contenta estoy con la muerte de la Madre de todas las Calamidades! ¡Cuán maravilloso es todo eso!"

Entonces Schehrazada miró amorosamente a su hermana, sonrió, y le dijo: "¿Qué dirías entonces si oyeras las palabras de los animales y las aves?"

Y Doniazada exclamó: "¡Ah hermana mía! ¡Dinos algunas palabras de los animales y las aves! ¡Porque deben ser exquisitas, sobre todo repetidas por tu boca!"

Y Schehrazada dijo: "¡Con toda la voluntad de mi corazón! ¡Pero no sin que antes me lo permita nuestro señor el rey!"

Y el rey Schahriar quedó extraordinariamente asombrado, y preguntó: "¿Pero qué podrán decir los animales y las aves? ¿En qué lengua hablan?" Y Schehrazada dijo: "Hablan en prosa y en verso, expresándose en árabe puro". Entonces el rey Schahriar exclamó: "¡Oh Schehrazada! Nada quiero decidir todavía acerca de tu suerte, sin que me hayas contado esas cosas que desconozco. Porque hasta ahora no he oído más que palabras de los humanos, y me alegraría muchísimo saber lo que piensan esos seres a quienes no entienden la mayoría de los hombres".

Y como iba transcurriendo la noche, Schehrazada rogó al rey que aguardase hasta el día siguiente. El rey Schahriar, a pesar de la impaciencia que sentía, se avino a darle su consentimiento. Y cogiendo en brazos a la bella Schehrazada, se enlazaron hasta que brilló la mañana del otro día.


dimarts, 19 de setembre de 2017

LA 144ª NOCHE


PERO CUANDO LLEGO LA 144ª NOCHE
Ella dijo:

Y ellos contestaron: "Tu idea es admirable, ¡oh venerable visir de nuestro padre!" Y convinieron cómo había de ser la cosa. Entonces para festejar aquel día tan feliz, volvió sobre sus pasos el rey Rumzán y regresó a la ciudad, cuyas puertas mandó abrir al ejército musulmán. Después dispuso que los pregoneros publicasen que desde entonces el Islam sería la religión oficial de aquel pueblo, pero que a todos los cristianos se les permitiría perseverar en su error. Pero ninguno de los habitantes quiso seguir siendo descreído, y en un día solo, el acto de fe se pronunció por mil y mil nuevos creyentes. ¡Glorificado sea para siempre Aquel que envió a su Profeta para ser símbolo de paz entre todas las criaturas de Oriente y Occidente!

Ambos reyes dieron grandes fiestas y banquetes con tal motivo, reinando alternativamente un día cada uno. Y así permanecieron durante algún tiempo en Kaissaria, en el límite de la alegría y de la satisfacción.


Después pensaron en vengarse de la vieja Madre de todas las Calamidades. A ese efecto, el rey Rumzán, con anuencia del rey Kanmakán, se apresuró a enviar un correo a Constantinia, con una carta para la Madre de todas las Calamidades, que ignoraba aquel nuevo estado de cosas y seguía creyendo que el rey de Kaissaria era cristiano como su abuelo materno, el difunto rey Hardobios, padre de Abriza.

Y esta carta decía lo siguiente:

"A la gloriosa y venerable dama Schauahi Omm El-Dauhai, la formidable, la terrible, el azote pesado de calamidades sobre las cabezas enemigas, el ojo que vela sobre la ciudad cristiana, la perfumada de virtudes y sabiduría, la olorosa del santo incienso supremo y verídico del gran patriarca, la columna de Cristo en medio de Constantinia.
"De parte del señor de Kaissaria, Rumzán, de la posteridad de Hardobios el Grande, de fama extendida por el Universo.
"He aquí, ¡oh madre de todos nosotros! que el Señor del cielo y la tierra ha hecho triunfar nuestras armas contra las de los musulmanes, y hemos aniquilado su ejército, haciendo prisionero a su rey en Kaissaria, y reduciendo igualmente a cautiverio al visir Dandán y a la princesa Nozhatú, hija de Omar Al-Nemán y de la reina Safía, hijo del difunto rey Afridonios de Constantinia.
"Aguardamos, pues, tu venida entre nosotros para festejar juntos nuestra victoria, y mandar cortar, delante de ti, la cabeza al rey Kanmakán, al visir Dandán y a todos los jefes musulmanes.
"Y puedes venir a Kaissaria sin escolta numerosa, pues desde hoy todos los caminos están seguros, y todas las provincias pacificadas desde el Irak hasta el Sudán y desde Mossul y Damasco hasta los límites extremos de Oriente y Occidente.
"Y no dejes de traer contigo de Constantinia a la reina Safía madre de Nozhatú, para darle la alegría de volver a ver a su hija, a quien se honra, como mujer, en nuestro palacio.
"¡Y que el Cristo, hijo de Mariam, te guarde y conserve como una esencia pura preciadamente contenida en oro inalterable!"
Después firmó la carta, le puso su sello regio, y la entregó a un correo, que salió enseguida para Constantinia.

Y hasta el momento de llegar la malhadada vieja, pasaron algunos días, durante los cuales los dos reyes tuvieron el gusto de saldar cuentas atrasadas. He aquí, en efecto, lo que ocurrió:

Un día que los dos reyes, el visir Dandán y la dulce Nozhatú, que nunca se tapaba la cara en presencia del visir Dandán, al cual consideraba como un padre, estaban sentados hablando de la próxima llegada de la vieja calamitosa y de la suerte que se le reservaba, entró uno de los chambelanes para anunciar a los reyes que estaba allí fuera un anciano mercader a quien habían asaltado unos bandoleros, los cuales habían sido encadenados después de su fechoría.

Y el chambelán dijo: ¡Oh reyes! este mercader solicita audiencia de vuestra magnanimidad, pues tiene dos cartas que entregaros". Y contestaron los dos reyes: "¡Dejadle entrar!"

Entonces entró un anciano, cuya cara ofrecía las huellas de la bendición. Besó la tierra entre las manos de los reyes, y dijo: "¡Oh reyes del tiempo! ¿Es posible que un musulmán no sea respetado y lo despojen en un país en que reina la concordia y la justicia?"

Y los reyes preguntaron: "¿Pero qué te ha sucedido, ¡oh respetable mercader!?" Y él contestó: "¡Oh señores! Sabed que tengo dos cartas que siempre me han atraído el respeto y la consideración en todos los países musulmanes, pues me sirven de salvoconducto y me eximen de pagar los diezmos y derechos de entrada sobre mis mercancías. Y una de estas cartas, ¡oh señores míos! además de esa virtud preciosa, me sirve también de consuelo en la soledad, pues está escrita en versos tan admirables, que preferiría perder el alma a separarme de ella".

Entonces los dos reyes exclamaron: "¡Oh mercader! ¿Quieres permitirnos ver esa carta o leernos siquiera su contenido?" Y el anciano mercader, muy tembloroso, alargó las dos cartas a los reyes, que se las entregaron a Nozhatú, diciéndole: "¡Tú que sabes leer las letras más complicadas y dar a los versos entonación más propia, apresúrate por favor a deleitarnos con esta lectura!"

Pero apenas hubo Nozhatú desatado la cinta que sujetaba el rollo y echado una mirada a las dos cartas, exhaló un gran grito, se puso más amarilla que el azafrán, y cayó desmayada.

Entonces se apresuraron a rociarla con agua de rosas, y cuando volvió en sí, se levantó inmediatamente, y arrasados sus ojos en lágrimas, corrió hacia el mercader, y cogiéndole la mano, se la besó. Entonces todos los presente! llegaron al límite de la estupefacción ante aquel acto tan contrario a las costumbres de los reyes y de los musulmanes.

Y el anciano mercader, emocionadísimo, vaciló y estuvo a punto de caer de espaldas. La reina Nozhatú se apresuró a sostenerle, y llevándole de la mano, le hizo sentar en la misma alfombra en que ella estaba sentada, y le dijo: "¿Ya no me conoces, padre mío? ¿Tan vieja soy?"

Al oír estas palabras el mercader creyó soñar, y exclamó: "¡Conozco la voz! Pero ¡oh mi señora! mis ojos tienen muchos años, y ya no pueden distinguir nada".

Y la reina dijo: "¡Oh padre mío! soy la misma que te escribió la carta en verso, soy Nozhatú-zamán". Y el anciano mercader se desmayó entonces por completo. Y mientras el visir Dandán echaba agua de rosas en la cara del anciano mercader, Nozhatú, volviéndose hacia su hermano Rumzán y su sobrino Kanmakán, les dijo: "¡Este es el buen mercader que me arrancó de las manos de aquel bárbaro beduino que me robó en las calles de la Ciudad Santa!"

Y cuando el mercader volvió en sí, los dos reyes se levantaron en honor suyo, y lo abrazaron; y a su vez, él besó las manos de la reina Nozhatú y al visir Dandán; y todos se felicitaron mutuamente por aquel suceso, y dieron gracias a Alah que los había reunido. Y el mercader levantó los brazos, y exclamó: "¡Bendito y glorificado sea Aquel que modela los corazones que no olvidan, y los perfuma con el admirable incienso de la gratitud!"

Después de lo cual los dos reyes nombraron al anciano mercader jeique de todos los khanes y zocos de Kaissaria y Bagdad, y le dieron entrada libre en palacio de noche y de día.

Después le dijeron: "¿Pero quiénes te han atacado?" Y el mercader contestó: "Unos bandidos del desierto, de los que despojan a los mercaderes sin armas, me asaltaron súbitamente. ¡Eran más de ciento! Pero sus jefes son tres. ¡Uno es un negro horrible; otro un kurdo espantoso, y el tercero un beduino muy forzudo! Me habían atado a un camello y me arrastraban, cuando quiso Alah que les atacasen vuestros soldados y los capturaran, y a mí con ellos".

Oídas estas palabras, los dos reyes dijeron a uno de los chambelanes: "¡Que entre primero el negro!" Y el negro entró. Era más feo que el trasero de un mono viejo, y sus ojos más feroces que los del tigre.

Y el visir Dandán le preguntó: "¿Cómo te llamas? ¿Y por qué eres bandolero?" Pero antes de que el negro tuviese tiempo de contestar, Grano de Coral, la antigua doncella de la reina Abriza, entró entonces para llamar a su ama Nozhatú, y sus ojos se encontraron con los del negro; y enseguida lanzó un grito horrible, y se precipitó como una leona sobre el negro, le hundió los dedos en los ojos, se los sacó de un tirón, y dijo: "¡Este es el bandido que mató a mi pobre señora Abriza!" Después, arrojando al suelo los dos ojos ensangrentados que acababa de hacer saltar de las órbitas del negro como si fuesen huesos de fruta, añadió: "¡Loado sea el Justo y el Altísimo, que me permiten por fin vengar a mi ama con mis manos!"

Entonces el rey Rumzán dirigió una seña, y en seguida avanzó el verdugo, y de un solo tajo hizo dos negros de uno. Enseguida los eunucos arrastraron el cuerpo por los pies y lo fueron a arrojar a los perros, sobre los montones de basura fuera de la ciudad.


Después los reyes dijeron: "¡Que entre el kurdo!" Y el kurdo entró. Era más amarillo que un limón, y estaba más sarnoso que un burro de molino, y seguramente más piojoso que un búfalo que se pasa un año sin sumergirse en el agua. Y el visir Dandán le preguntó: "¿Cómo te llamas? ¿Y por qué eres bandolero?" Y el otro respondió: "Yo era camellero de oficio en la Ciudad Santa. Y un día me encargaron que transportase al hospital de Damasco a un joven enfermo .. ."

Al oír estas palabras, el rey Kanmakán, y Nozhatú, y el visir Dandán, sin darle tiempo para seguir, exclamaron: "¡Este el camellero traidor que abandonó al rey Daul'makán sobre el montón de estiércol a la puerta del hammam!" Y de pronto el rey Kanmakán se levantó, y dijo: "¡Se debe devolver mal por mal, y duplicado! ¡Si no, aumentaría el número de los impíos y de los malhechores que infringen las leyes! ¡Y para los malos, no debe haber piedad en la venganza, pues la piedad como la entienden los cristianos es virtud de eunucos, enfermos e impotentes!"

Y el rey Kanmakán, con su propia mano, de un solo tajo hizo de un camellero dos. Pero luego mandó a los esclavos que enterraran el cuerpo según los ritos religiosos.

Entonces los dos reyes dijeron al chambelán: "¡Que entre ahora el beduino!"

En este momento de su narración Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


dilluns, 18 de setembre de 2017

LA 143ª NOCHE


PERO CUANDO LLEGO LA 143ª NOCHE
Ella dijo:

Cuando el príncipe Kanmakán hubo oído esta noticia tan inesperada, se volvió hacia su fiel Sabah, y con voz muy tranquila, le dijo: "Ya ves, ¡oh Sabah! que todo ocurre cuando llega su hora. ¡Levántate y vamos a Bagdad!"

Al oír estas palabras el correo comprendió que se encontraba en presencia de su nuevo rey, y en seguida se prosternó y besó la tierra entre sus manos, lo mismo que Sabah y la negra. Y Kanmakán dijo a la negra: "¡Vendrás también conmigo a Bagdad, donde acabarás de contarme esa historia del desierto!"

Y Sabah dijo: "¡Permitidme entonces, ¡oh rey! que vaya delante para anunciar tu llegada al visir Dandán y al pueblo de Bagdad!" Y Kanmakán se lo permitió. Después, para recompensar al correo por la buena nueva, le cedió, como regalo, todas las tiendas, todo el ganado y todos los esclavos que había conquistado en sus aventuras de tres años. Y precedido por el beduino Sabah, y seguido por la negra, montada en un camello, salió para Bagdad al galope de su caballo Katul.

Y como el príncipe Kanmakán había cuidado de que se le adelantasen una jornada su fiel Sabah, éste alborotó en pocas horas toda la ciudad de Bagdad. Y todos los habitantes y todo el ejército, con el visir Dandán y los tres jefes Rustem, Turkash y Bahramán a la cabeza, habían salido fuera de las puertas para aguardar la llegada de aquel Kanmakán a quien tanto querían y a quien habían temido no volver a ver. Y hacían votos por la prosperidad y la gloria de la raza de Omar Al-Nemán.

De modo que en cuanto apareció el príncipe Kanmakán a todo galope de su caballo Katul, los gritos de alegría surcaron el espacio, lanzados por millares de hombres y mujeres que le aclamaban por rey. Y el visir Dandán, a pesar de su avanzada edad, se apeó enseguida, y fué a dar la bienvenida y a jurar fidelidad al descendiente de tantos reyes.

Después entraron en Bagdad, mientras la negra, subida en el camello y rodeada de una muchedumbre considerable, contaba una historia de entre sus historias.

Y lo primero que hizo Kanmakán al llegar a palacio, fué abrazar al gran visir Dandán, el más fiel a la memoria de sus reyes, y luego a los jefes Rustem, Turkash y Bahramán. Y lo segundo que hizo Kanmakán fué ir a besar las manos de su madre, que sollozaba de alegría. Y la tercera cosa fué decir a su madre: "¡Oh madre mía! ¡Dime por favor cómo está mi amada prima Fuerza del Destino!"

Y su madre contestó: "¡Oh hijo mío! no puedo contestarte, porque desde que te perdí no he pensado más que en el dolor de tu ausencia". Y Kanmakán dijo: "¡Te suplico, ¡oh madre mía! que vayas a saber noticias suyas y de mi tía Nozhatú". Entonces la madre salió y fué a las habitaciones de Nozhatú y su hija Fuerza del Destino, y volvió con ellas al gran salón en que las aguardaba Kanmakán.

Y entonces fué el desbordamiento de la alegría, y se dijeron los versos más bellos, entre más de mil los siguientes:

¡Oh sonrisa de las perlas en los labios de la amada, sonrisa bebida en las perlas mismas!
¡Mejillas de los amantes! ¡Cuántos besos conocisteis, cuántas caricias sobre vuestra seda!
¡Caricias de la cabellera deshecha por la mañana, caricias de los dedos que hormiguean numerosos!
¡Y tú espada que brillas como el acero fuera de la vaina, espada sin reposo, espada de la noche...!
Y como con auxilio de Alah su felicidad llegó al límite, nada hay que decir de ella. Desde entonces las desdichas se alejaron de la morada en que vivía la descendencia de Omar Al-Nemán, y fueron a caer sobre los que habían sido enemigos suyos.

Efectivamente, el rey Kanmakán, después de pasar largos meses de dicha en brazos de la joven Fuerza del Destino, convertida en su esposa, reunió un día en presencia del gran visir Dandán, a todos sus emires y jefes de tropa y a los principales de su imperio, y les dijo: ¡La sangre de mi padre no está aún vengada, y ya han llegado los tiempos!.

He aquí que he sabido que han muerto Afridonios y Hardobios de Kaissaria, pero la vieja Madre de todas las Calamidades vive aún, y según dicen nuestros correos, ella es quien rige y gobierna los países de los rumís. Y el nuevo rey de Kaissaria se llama Rumzán, y no se le conoce padre ni madre.

"Conque ¡oh vosotros todos, guerreros míos! desde mañana reanudaremos la guerra contra los descreídos. ¡Y juro por la vida de Mahomed ¡sean con él la paz y la plegaria! que no volveré a nuestra ciudad de Bagdad hasta no haber arrancado la vida a la malhadada vieja, y vengado a todos nuestros hermanos muertos en los combates!" Y todos los presentes mostraron su conformidad. Y al día siguiente el ejército estaba en marcha para Kaissaria.

Llegados ya al pie de las murallas enemigas y dispuestos al asalto, para llevarlo todo a sangre y fuego en aquella ciudad descreída, vieron avanzar hacia la tienda del rey a un joven tan bello que no podía ser más que hijo de un rey, y detrás de él a una mujer de aspecto respetable y con el rostro destapado. En aquel momento estaban en la tienda del rey el visir Dandán y la princesa Nozhatú, tía de Kanmakán, que había querido acompañar al ejército de los creyentes como acostumbrada a las fatigas de los viajes.

Y aquel joven y aquella mujer pidieron audiencia, que les fué otorgada enseguida. Pero apenas habían entrado, cuando Nozhatú dió un gran grito y cayó desmayada, y la mujer también dió otro grito y cayó desvanecida. Y en cuanto volvieron en sí, se echaron una en brazos de otra, besándose, pues la mujer no era otra que la antigua esclava de la princesa Abriza, la fiel Grano de Coral.

Enseguida Grano de Coral se volvió hacia el rey Kanmakán, y le dijo: "¡Oh rey! ya veo que llevas al cuello una gema preciosa, blanca y redonda. Y la princesa Nozhatú lleva otra también. Recordarás que la reina Abriza tenía la tercera. Pues esa tercera hela aquí".

Y la fiel Grano de Coral, volviéndose hacia el joven que había entrado con ella, mostró, atada a su cuello, la tercera gema; y después, con los ojos brillantes de júbilo, exclamó: "¡Oh rey, y tú mi ama Nozhatú! este joven es el hijo de mi pobre señora Abriza. Y yo le he criado desde que nació. Y es él, ¡oh todos vosotros! quien a la hora actual reina en Kaissaria. Pues es Rumzán, hijo de Omar Al-Nemán. Por lo tanto, es tu hermano, ¡oh mi señora Nozhatú! y tu tío, ¡oh rey Kanmakán!"

Al oír estas palabras de Grano de Coral, el rey Kanmakán y Nozhatú se levantaron y abrazaron al joven rey Rumzán, llorando de alegría. Y el visir Dandán también abrazó al hijo de su señor el rey Omar Al-Nemán, ¡téngalo Alah en su misericordia infinita!

Después el rey Kanmakán preguntó al rey Rumzán, señor de Kaissaria: "Dime, ¡oh hermano de mi padre! ¿Eres rey de un país cristiano y vives entre los cristianos? ¿Eres también nusraní?" Pero el rey Rumzán alargó la mano, y levantando el índice, exclamó: "¡La ilah ill Alah, ua Mahomed rassul Alah! [1]

Entonces la alegría de Kanmakán, Nozhatú y el visir Dandán llegó al límite más extremo, y exclamaron: "!Loor a Alah, que escoge a los suyos y los reúne".

Después Nozhatú preguntó: "¿Pero cómo has podido guiarte por el camino recto, ¡oh hermano mío! en medio de todos esos descreídos que niegan a Alah y no conocen a su enviado?" Rumzán contestó: "¡La buena Grano de Coral fué quien me inculcó los principios sencillos y admirables de nuestra fe! Ella se había convertido en una buena musulmana, al mismo tiempo que mi madre Abriza, durante los días que estuvieron en Bagdad, en el palacio de mi padre Omar Al-Nemán.

¡Así es que Grano de Coral ha sido para mí, no sólo la que me recogió al nacer y me educó, sustituyendo en todo a mi madre, sino también quien me ha convertido en un verdadero creyente, cuyo destino está en manos de Alah, Señor de reyes!"

Oídas estas palabras, Nozhatú mandó sentar a Grano de Coral a su lado en la alfombra, y la quiso mirar desde entonces como a hermana. En cuanto a Kanmakán, dijo a su tío Rumzán: "Tío, a ti te corresponde, por derecho de primogenitura, el trono del imperio de los musulmanes. ¡Y desde este momento me considero fiel súbdito tuyo!"

Pero el rey de Kaissaria dijo: "¡Oh sobrino mío! lo que Alah ha hecho, bien hecho está. ¿Cómo me atrevería yo a perturbar el orden establecido por el Ordenador?" En este momento intervino el visir Dandán, que dijo: "¡Oh reyes! lo más acertado es que reinéis alternativamente un día cada uno, siendo reyes ambos".

Y ellos contestaron: "Tu idea es admirable, ¡oh venerable visir de nuestro padre!"

En este momento de su narración Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Notas del traductor
Acto de fe musulmán. Basta decirlo una vez para probar que es musulmán. Y nadie pensará pedir otras demostraciones. Respecto a la circuncisión, se recomienda, pero no es necesaria para hacerse musulmán.


diumenge, 17 de setembre de 2017

LA 142ª NOCHE


PERO CUANDO LLEGO LA 142ª NOCHE
Ella dijo:

"Había un hombre que adoraba la carne de las vírgenes y que no pensaba en otra cosa. De modo que como esa carne es de precio tan elevado, singularmente cuando es escogida y de encargo, y como no hay fortuna que pueda resistir indefinidamente unas aficiones tan costosas, el hombre consabido, que nunca se cansaba de ellas y se dejaba llevar de la intemperancia de sus deseos -porque solo el exceso es reprensible-, acabó por arruinarse completamente.

"Un día en que vestido con un traje todo destrozado y descalzo iba por el zoco mendigando el pan para alimentarse, le entró un clavo en la planta del pie, y lo hizo sangrar abundantemente. Entonces se sentó en el suelo, trató de restañar la sangre, y acabó por vendarse el pie con un pedazo de trapo. Pero como la sangre seguía corriendo, se dijo: "¡Vamos al hammam a lavarnos el pie y a sumergirlo en el agua, que le sentará admirablemente"

Y fué al hammam, y entró en la, sala común a la cual van los pobres, y que ostentaba una limpieza exquisita, reluciendo de manera encantadora. Y se acurrucó en el estanque central, y se puso a lavarse el pie.

"A su lado estaba un hombre que acababa de bañarse y. mascaba algo con los dientes. Y el herido se sintió muy excitado por la masticación del otro, y se apoderó de él un ansia ardiente de mascar también aquello. Entonces preguntó al otro: "¿Qué mascas, vecino?"

El otro contestó en voz baja, para que nadie le oyera: "¡Cállate! ¡Es haschisch! ¡Si quieres, te daré un pedazo!" El herido dijo: "¡Verdad es que quisiera probarlo, pues hace tiempo que lo deseo!" Entonces el hombre que mascaba se sacó un trozo de la boca y se lo dió al herido, diciéndole: "¡Ojalá te libre de todas tus preocupaciones!" Y nuestro hombre cogió el pedazo, y lo mascó, y se lo tragó entero. Y como no estaba acostumbrado al haschisch, en cuanto se produjo el efecto en su cerebro por la circulación de la droga, empezó por sentir una hilaridad extraordinaria, y esparció enormes carcajadas por toda la sala.

Pasado un momento, se desplomó sobre el mármol y fue presa de diversas alucinaciones, de las cuales te contaré una de las más deliciosas:

"Primeramente creyó verse desnudo del todo y bajo el dominio de un terrible amasador y dos negros vigorosos que se habían apoderado por completo de su persona, siendo como un juguete entre sus manos. Le daban vueltas y lo manipulaban en todos sentidos, clavándole en las carnes sus dedos nudosos e infinitamente expertos. Y gemía bajo el peso de sus rodillas cuando se las apoyaban en el vientre para darle masaje con toda su destreza. Después le lavaron, a fuerza de lanzarle jofainas de cobre, y le frotaron con fibras vegetales. Luego el amasador mayor quiso lavarle personalmente ciertas partes delicadas, pero como le hacía muchas cosquillas, hubo de decirle: "¡Yo mismo le haré!"

Terminado el baño, el amasador le rodeó la cabeza, los hombros y los riñones con tres paños más blancos que el jazmín, y le dijo: "¡Oh mi señor, ha llegado el momento de entrar en la habitación de tu esposa, que te aguarda!"

Pero él exclamó: "¿Qué esposa es esa? ¡Yo soy soltero! ¿Te habrá mareado el haschisch para disparatar de ese modo?" Pero el amasador dijo: "¡Basta de bromas! ¡Vamos a ver a tu esposa, que está impaciente!" Y le echó por los hombros un gran velo de seda blanca, y abrió la marcha, mientras los dos negros le sostenían por los hombros, haciéndole de cuando en cuando cosquillas en el trasero, sólo por broma. Y él se reía en extremo.

"Así llegaron a una sala medio oscura y perfumada con incienso, y en el centro había una gran bandeja con frutas, pasteles, sorbetes y jarrones llenos de flores. Y después de haberlo hecho sentar en un escabel de ébano, el amasador y los dos negros le pidieron la venia para retirarse, y desaparecieron.

"Entonces entró un muchacho, que se quedó de pie aguardando sus órdenes, y le dijo: "¡Oh rey del tiempo, soy tu esclavo!" Pero él, sin hacer caso de la gentileza del muchacho, soltó una carcajada que hizo retemblar toda la sala, y exclamó: "¡Por Alah! ¡Todos éstos son aficionados al haschisch! ¡He aquí que ahora me llaman rey!" Y dijo después al muchachito: "Ven aquí, y córtame la mitad de una sandía bien colorada y bien tierna. Es lo que más me gusta. No hay nada como la sandía para refrescarme el corazón".

Y el muchacho le llevó la sandía admirablemente cortada en rajas. Entonces le dijo: "¡Márchate, que no me sirves! Ve a traerme lo que además de la sandía me gusta más, o sea carne virgen de primera". Y el muchacho desapareció.

"Y de pronto entró en la sala una muchacha muy joven, que avanzó hacia él moviendo las caderas, que apenas se dibujaban por lo muy infantiles que eran todavía. Y él, al verla, se puso a resollar con alegría, y cogió a la chiquilla en brazos, se la puso entre los muslos, y la besó con ardor. Y la hizo deslizarse debajo de él; sacó el zib y se lo puso en la mano. Y quién sabe lo qué iría a hacer, cuando bajo la sensación de un frío intensísimo despertó de su sueño.

"En este momento, y después de reflexionar que todo aquello no era más que el efecto del haschisch en el cerebro, se vió rodeado por todos los bañistas, que le miraban burlonamente, riéndose con toda su alma, y abriendo unas bocas como hornos. Y le señalaban con el dedo su zib desnudo, que se erguía en el aire hasta el límite de la erección, y parecía tan enorme como el de un borrico o el de un elefante. Y le echaban encima grandes cubos de agua fría, dirigiéndole chanzas como las que suelen darse en el hammam.

"Y el hombre se quedó muy confuso, se echó una toalla sobre las piernas, y dijo amargamente a los que se reían: "¡Oh buena gente! ¿Por qué me habéis quitado la chiquilla, cuando iba o poner las cosas en su lugar?" Y los otros al oír estas palabras, palmotearon de alegría y comenzaron a gritar: "¿No te da vergüenza decir semejantes cosas, ¡oh borracho de haschisch! después de gozar todo lo que has gozado?"

Y Kanmakán, al oír estas palabras de la negra, no pudo contenerse más y se echó a reír de tal modo, que se convulsionó de alegría. Después dijo a la negra: "¡Qué historia tan deliciosa! Apresúrate por favor a decirme la continuación, que debe de ser admirable para el oído y exquisita para el espíritu!" Y la negra dijo: "¡Verdaderamente, mi señor, la continuación es tan maravillosa que olvidarás cuanto acabas de oír; y es tan pura, tan sabrosa y tan extraña, que hasta los sordos se estremecerán de placer!" Y Kanmakán dijo: "¡Ah! ¡Prosigue entonces! ¡Estoy encantadísimo!"

Pero cuando la negra se aprestaba a narrar la continuación de su, historia, Kanmakán vió llegar delante de su tienda un correo a caballo que, habiendo echado pie a tierra, le deseó la paz. Y Kanmakán le devolvió la zalema. Entonces el correo dijo: "¡Oh señor! soy uno de los cien correos que el gran visir Dandán ha enviado en todas direcciones para encontrar el rastro del príncipe Kanmakán, que hace tres años se marchó de Bagdad. Porque el gran visir Dandán ha logrado sublevar a todo el ejército y todo el pueblo contra el usurpador del trono de Ornar Al-Nemán, y ha hecho prisionero al usurpador; y lo ha encerrado bajo tierra en el calabozo más hondo, de suerte que a estas horas el hambre, la sed y la vergüenza han debido arrancarle el alma. ¿Querrías decirme, ¡oh señor! si por acaso no te encontraste algún día con el príncipe Kanmakán, a quien corresponde el trono de su padre?"

Cuando el príncipe Kanmakán. . .

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.


dissabte, 16 de setembre de 2017

LA 141ª NOCHE


PERO CUANDO LLEGO LA 141ª NOCHE
Ella dijo:

... en busca de su destino por el camino de Alah. Y Kanmakán había montado en el caballo Katul, y el beduino Sabah se había contentado con seguirle a pie, por haberle jurado amistad y sumisión, reconociéndole como amo para siempre, y habiéndolo jurado por el santo templo de la Kaaba, mansión de Alah.

Entonces empezó para ellos una vida llena de hazañas y aventuras, cacerías, viajes, luchas contra las fieras, combates con los bandoleros, noches pasadas al acecho de bestias salvajes, días dedicados a pelear contra las tribus y amontonar botín. Y a costa de muchos peligros, reunieron así una incalculable cantidad de rebaños, caballos, esclavos y tiendas.

Y Kanmakán había encargado a su compañero Sabah de la vigilancia de todo. Y cuando se sentaban ambos para descansar, se contaban mutuamente sus penas y sus esperanzas, hablando uno de su prima Fuerza del Destino y el otro de su prima Nejma. Y esta vida duró por espacio de dos años.

Y he aquí, entre otras mil, una de las hazañas del joven Kanmakán:

Un día, montado en su caballo Katul, iba a la ventura, precedido por su fiel Sabah, que abría la marcha con la espada desnuda en la mano, lanzando gritos terribles, abriendo unos ojos como cavernas, y rugiendo, aunque la soledad del desierto fuera absoluta: "¡Abrid camino! ¡A la derecha! ¡A la izquierda!" Y he aquí que habían terminado de almorzar, habiéndose comido entre los dos una gacela asada, y bebido agua de un fresco manantial que estaba próximo.

Pasado un rato, llegaron a una montaña a cuyos pies se extendía un valle cubierto de camellos, camellas, carneros, vacas y caballos; y más allá, en una tienda, estaban unos esclavos que iban armados.

Al verlos, Kanmakán dijo a Sabah: "¡Quédate ahí! Voy a apoderarme yo solo de todo el rebaño y de esos esclavos". Y dichas estas palabras, puso al galope su corcel, como el rayo súbito de una nube que revienta y se arrojó sobre ellos, entonando este himno guerrero:

¡Somos de la raza de Omar Al-Nemán, de los hombres de grandes designios, de los héroes!
¡Somos señores que herimos en el corazón a las tribus hostiles cuando brilla el día del combate!
¡Protegemos a los débiles contra los poderosos! ¡Las cabezas de los vencidos nos sirven para adornar nuestras lanzas!
¡Guardad vuestras cabezas! ¡He aquí a los héroes, los de los grandes designios, los de la raza de Omar Al-Nemán!
Los esclavos, al verle, empezaron a dar grandes gritos, pidiendo socorro, creyendo que todos los árabes del desierto los atacaban de improviso. Entonces salieron de las tiendas tres guerreros, que eran los dueños de los rebaños; saltaron sobre sus caballos, y se precipitaron al encuentro de Kanmakán, gritando: "Es el ladrón del caballo Katul! ¡Ya es nuestro! ¡Sus al ladrón!"

Oídas estas palabras, Kanmakán les gritó: "¡Efectivamente, éste es el propio Katul, pero los ladrones sois vosotros, ¡oh hijos de zorra!"

Y se bajó hacia las orejas de Katul, hablándole para darle ánimos; y Katul brincó como un ogro sobre su presa. Y para Kanmakán la victoria fué un juego, pues al primer bote hundió la punta de su lanza en el vientre del primero que se presentó, y la hizo salir por el otro lado, con un riñón en el extremo. Después hizo sufrir la misma suerte a los otros dos jinetes. Y al otro lado de sus espaldas, un riñón adornaba la lanza perforadora.

Después se volvió hacia los esclavos. Pero cuando éstos vieron la suerte sufrida por sus amos, se precipitaron de bruces al suelo, pidiendo que los dejaran con vida. Y Kanmakán les dijo "¡Id, y sin perder tiempo, llevad por delante de mí ese rebaño, y conducidlo a tal sitio, en donde están mi tienda y mis esclavos!"

Y llevando por delante animales y esclavos, emprendió su camino, alcanzándolo prontamente Sabah, que, según la orden recibida, no se había movido durante el combate.

Y mientras caminaban de tal modo, llevando por delante esclavos y rebaño, vieron elevarse de pronto una polvareda, que al disiparse dejó aparecer a cien jinetes armados a la manera de los rumís de Constantinia.

Entonces Kanmakán dijo a Sabah: "¡Cuida de los rebaños y de los esclavos, y déjame habérmela contra esos descreídos!" Y el beduino se retiró enseguida, detrás de una colina, sin ocuparse de otra cosa que de vigilar lo que le había encargado. Y Kanmakán se lanzó él solo al encuentro de los jinetes rumís, que le rodearon enseguida por todas partes.

Entonces su jefe, avanzando hacia él, dijo: "¿Quién eres tú, ¡oh encantadora joven! que sabes regir tan diestramente un corcel de batalla, siendo tus ojos tan tiernos y tus mejillas tan lisas y floridas? ¡Acércate, que te bese los labios, y luego veremos! ¡Ven! ¡Te haré reina de todas las tierras por donde se pasean las tribus!"

Al oír estas palabras, Kanmakán sintió que una gran vergüenza se le subía a la cara, y exclamó: "¿Con quién crees que estás hablando, ¡oh perro, hijo de perra!? Si mis mejillas no tienen pelo, mi brazo, que vas a experimentar, te probará tu error, ¡oh ciego rumí que no sabes distinguir los guerreros de las muchachas!"

Entonces el jefe de los rumís se acercó a Kanmakán, y se cercioró de que en efecto, a pesar de la suavidad y blancura de su tez, y de lo aterciopelado de sus mejillas, vírgenes de vello, era, a juzgar por lo relampagueante de sus ojos, un guerrero difícil de dominar.


Y el jefe le preguntó a Kanmakán: "¿A quién pertenece ese rebaño? ¿Adónde vas tú tan lleno de insolencia y fanfarronería? ¡Ríndete a discreción, o eres muerto!" Y ordenó a uno de sus mejores jinetes que se acercase al joven y le hiciese prisionero. Pero apenas había llegado el jinete cerca de Kanmakán, cuando de un solo tajo de su alfanje le cortó en dos mitades el turbante, la cabeza y el cuerpo, así como la silla y el vientre del caballo. Después sufrieron igual suerte el segundo jinete que avanzó, y el tercero y el cuarto.

Al ver esto el jefe de los rumís ordenó a sus jinetes que se retirasen, y avanzando hacia Kanmakán, le dijo: "¡Tu juventud es muy bella, ¡oh guerrero! y tu valentía la iguala! Pues bien; yo soy Kahrudash, cuyo heroísmo es famoso en todo el país de los rumís, y te voy a otorgar la vida, precisamente por tu valor! ¡Retírate, pues, en paz, porque te perdono la muerte de mis hombres por tu belleza!" Pero Kanmakán le gritó: "¡Poco me importa que seas Kahrudash! ¡Lo que me importa es que ceses en tu palabrería y vengas a probar la punta de mi lanza! ¡Y sabe también que ya que te llamas Kahrudash, yo soy Kanmakán ben-Daul-makán ben-Omar Al-Nemán!"

Entonces el rumí dijo: "¡Oh hijo de Daul'makán! ¡He conocido en las batallas la valentía de tu padre! ¡Y tú has sabido unir la fuerza de tu padre a una elegancia perfecta! ¡Retírate, pues, llevándote todo el botín! ¡Así lo quiero!" Pero Kanmakán le gritó: "¡No es mi costumbre, ¡oh rumí! hacer volver las riendas a mi caballo! ¡Guárdate!" dijo, y acarició a su caballo Katul, que comprendió el deseo de su amo, y se precipitó, bajando las orejas y levantando la cola. Y entonces lucharon los dos guerreros, y los caballos chocaron como dos carneros que se cornean o dos toros que se despanzurran. Y varios ataques terribles fueron infructuosos. Después, súbitamente, Kahrudash con toda su fuerza dirigió la lanza contra el pecho de Kanmakán, pero éste, con una vuelta rápida de su caballo, supo evitarla a tiempo, y girando bruscamente, extendió el brazo, lanza en ristre. Y con aquel bote perforó el vientre del cristiano, haciendo que le saliera por la espalda el hierro chorreando. Y Kahrudash dejó para siempre de figurar entre el número de los guerreros descreídos.

Al ver esto, los jinetes de Kahrudash se confiaron a la rapidez de sus caballos, y desaparecieron en lontananza entre una nube de polvo que acabó por cubrirlos.

Entonces Kanmakán, limpiando su lanza, siguió su camino, haciendo seña a Sabah de que siguiera hacia adelante con el rebaño y los esclavos.

Y después de esta hazaña, Kanmakán encontró a una negra muy vieja, errante del desierto, que contaba de tribu en tribu historias y cuentos a la luz de las estrellas. Y Kanmakán, que había oído hablar de ella, le rogó que se detuviese para descansar en su tienda y le contara algo que le hiciera pasar el tiempo y le alegrase el espíritu ensanchándole el corazón. Y la vieja vagabunda contestó: "¡Con mucha amistad y con mucho respeto!" Después se sentó a su lado en la estera, y le refirió esta Historia del aficionado al haschisch:

"Sabe que la cosa más deliciosa que ha alegrado mis oídos, ¡oh mi joven señor! es esta historia que he llegado a saber de un haschash entre los haschaschín.

"Había un hombre que adoraba la carne de las vírgenes..."

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente


dijous, 14 de setembre de 2017

LA 140ª NOCHE


PERO CUANDO LLEGO LA 140ª NOCHE
Ella dijo:

... se subió a la cima de un peñasco, y con toda su voz clamó: "¡Oh, caminante entre las tinieblas de la noche! ¡Por favor! ¡Acércate aquí! ¡Oiga yo tu historia, que debe parecerse a la mía! ¡Y nos consoláremos mutuamente!"

Después se calló.

Pasados algunos momentos, la voz que había cantado dijo: "¡Oh tú que me llamas! ¿Quién eres? ¿Hombre de la tierra o genio subterráneo? ¡Si eres genio, sigue tu camino, pero si eres hombre, aguarda la aparición de la luz, porque la noche está llena de emboscadas y traiciones!"

Oídas estas palabras, Kanmakán dijo para sí: "¡Por mi alma, el que ha hablado es un hombre cuya aventura se parece extraordinariamente a la mía!" Y permaneció allí sin moverse hasta la aparición de la mañana.

Entonces vió avanzar hacia él, a través de los árboles del bosque, un hombre vestido como los beduinos del desierto, alto y armado de un alfanje y un escudo. Se levantó y le saludó; y el beduino le devolvió el saludo, y después de las fórmulas acostumbradas, le preguntó el beduino, pasmado de su juventud: "¡Oh joven a quien no conozco! ¿Quién eres? ¿A qué tribu perteneces? ¿Cuáles son tus parientes entre los árabes? Verdaderamente, a tu edad no se acostumbra viajar solo por la noche y por estas comarcas en que sólo se ven grupos armados. Cuéntame, pues, tu historia".

Y Kanmakán dijo: "Mi abuelo era el rey Omar Al-Nemán; mi padre el rey Daul'makán, y yo soy Kanmakán, que se abrasa en amor por su prima la princesa Fuerza del Destino".

Entonces el beduino dijo: "Pero ¿cómo es que siendo rey, ¡hijo de rey! vas vestido como un saalik y viajas sin una escolta digna de tu categoría?" El otro respondió: "Porque he de crearme esa escolta yo mismo, y empiezo por rogarte que seas el primero que formes parte de ella".

Oídas estas palabras, el beduino se echó a reír y le dijo: "Hablas, muchacho, como si fueras un guerrero invencible o un héroe famoso por cien combates. ¡Y para demostrarte tu inferioridad, ahora mismo voy a apoderarme de ti para que me sirvas de esclavo! ¡Y entonces, si verdaderamente tus padres son reyes, tendrán con qué pagar tu rescate!"

Kanmakán sintió entonces que el furor le brotaba de los ojos, y dijo al beduino: "¡Por Alah! ¡Nadie pagará mi rescate más que yo mismo! ¡Guárdate, pues, beduino! ¡Tus versos me habían hecho creer que tenías otros modales!

Y Kanmakán se lanzó contra el beduino, el cual, pensando que vencerle era cosa de juego, le aguardaba sonriente. ¡Pero cuán equivocado estaba! Efectivamente, Kanmakán se había erguido, bien afirmado sobre sus piernas, más sólidas que montañas y más aplomadas que alminares. Y con sus brazos poderosos apretó contra sí al beduino, ¡hasta hacerle crujir la osamenta y vaciarle las entrañas!

Y súbitamente, lo levantó a pulso, y llevándolo de este modo corrió hacia el río. Y el beduino, espantado al ver semejante fuerza en un niño, exclamó: "¿Pero qué vas a hacer?" Kanmakán contestó: "¡Voy a precipitarte en ese río, que te llevará hasta el Tigris; el Tigris te llevará hasta el Nahr-Issa; el Nahr-Issa hasta el Eufrates, y el Eufrates hasta tu tribu, para que pueda juzgar tu valentía y tu heroísmo!" Y el beduino, en el momento en que Kanmakán lo levantaba más aún en el aire para echarlo al río, exclamó: "¡Oh joven heroico! ¡Por los ojos de tu amada Fuerza del Destino te ruego que me perdones la vida! ¡Si lo haces así, seré el más sumiso de tus esclavos!"

Entonces Kanmakán lo dejó en tierra, y le dijo: "¡Me has desarmado con ese juramento!" Y se sentaron ambos a la orilla del río. Entonces el beduino sacó de su alforja un pan de cebada, lo partió, dió la mitad a Kanmakán con un poco de sal, y su amistad se consolidó para siempre.

Enseguida Kanmakán le preguntó: "Compañero: ahora que sabes quién soy, ¿quieres decirme tu nombre y el de tus padres?" Y el beduino dijo: "Soy Sabah ben-Remah ben-Hemam, de la tribu de Taim, en el desierto de Scham. Y he aquí mi historia en pocas palabras:

"Era yo de muy corta edad cuando murió mi padre. Y fui recogido por mi tío y criado en su casa, al mismo tiempo que su hija Nejma. Y me enamoré de mi prima Nejma, y Nejma se enamoró de mí. Y cuando tuve edad para casarme, la quise por esposa; pero su padre al verme pobre y sin recursos, no consintió nuestra boda. Pero ante las amonestaciones de los principales jefes de la tribu, mi tío se allanó a prometerme a Nejma por esposa con la condición de ofrecerle una dote compuesta de cincuenta caballos, cincuenta camellos, diez esclavos, cincuenta cargas de trigo y cincuenta de cebada, y más bien más que menos. Entonces comprendí que la única manera de constituir la dote de Nejma era salir de mi tribu e irme lejos para atacar a los mercaderes y saquear las caravanas. Y tal es la causa de que anoche estuviese en el sitio donde me oíste cantar. Pero ¡oh, compañero! ¿Qué vale esa canción si se la compara con la belleza de mi prima Nejma? Porque el que ve a Nejma, aunque solo sea una vez, se siente con el alma llena de bendición para toda la vida".

Y dichas estas palabras, calló el beduino.

Entonces le dijo Kanmakán: "¡Ya sabía yo, ¡oh compañero! que tu historia debía parecerse a la mía! ¡Así es que en adelante vamos a combatir juntos y a conquistar a nuestras amantes con el fruto de nuestras hazañas!"

Y al acabar de decir estas palabras, se alzó a lo lejos una polvareda que se acercó rápidamente; y ya disipada, apareció ante ellos un jinete cuya cara estaba amarilla como la de un moribundo, y cuyo traje estaba manchado de sangre. Y el jinete exclamó: "¡Oh musulmanes! un poco de agua para lavar mi herida. ¡Sostenedme, porque voy a exhalar el alma! ¡Auxiliadme, y si muero, será para vosotros mi caballo!"

Y efectivamente, el caballo no tenía igual entre todos los caballos de las tribus, y su perfección dejaba asombrados a cuantos lo miraban, pues reunía las cualidades de un caballo del desierto. Y el beduino, que como todos los de su raza entendía de caballos, exclamó: ¡"Verdaderamente, tu caballo es uno de esos que ya no se ven en nuestro tiempo!"

Y Kanmakán dijo: "¡Oh jinete, alárgame el brazo para que te ayude a bajar!". Y cogiéndolo lo colocó suavemente en el césped, y después le preguntó: "¿Pero qué tienes y qué herida es ésa?" Y el jinete se despojó el traje y mostró la espalda, que era toda ella una herida enorme, de la cual se escapaban oleadas de sangre.

Entonces Kanmakán se inclinó junto a él, y le lavó solícitamente las heridas, cubriéndolas con hierba fresca. Después le dió de beber, y le dijo: "¿Pero quién te ha puesto así, ¡oh hermano en infortunio!?"

Y el hombre dijo: "Sabe, ¡oh tú el de la mano caritativa! que ese hermoso caballo que ahí ves es la causa de que me halle en este estado. Ese caballo era propiedad del rey Afridonios, señor de Constantinia; y su reputación había llegado a todos nosotros los árabes del desierto.

Pero un caballo de esta clase no debía permanecer en las cuadras de un rey descreído, y fui designado por los de mi tribu para apoderarme de él en medio de los guardias que lo cuidaban, velando noche y día. Partí enseguida y llegué de noche a la tienda donde guardaban el caballo. Me hice amigo de los guardias, y aproveché que me preguntaran mi opinión acerca de él, y que rogaran que lo probase, para montarlo de un brinco y hacerlo salir al galope dándole latigazos.

Pasada su sorpresa, me persiguieron los guardias a caballo, lanzándome flechas, varias de las cuales me hirieron en la espalda. Pero mi caballo seguía galopando, más rápido que las estrellas errantes, y acabó por ponerme completamente fuera del alcance de mis perseguidores.

Hace tres días que estoy montado en él; ¡pero he perdido la sangre, se han agotado para siempre mis fuerzas, y siento que la muerte me cierra los párpados! Y puesto que me has socorrido, el caballo te corresponde a ti en cuanto yo muera. Se llama El-Katul El-Majnún, y es el ejemplar más bello de la raza de El-Ajuz.

"Pero antes, ¡oh joven cuyo traje es tan pobre como noble tu cara! hazme el favor de subirme a la grupa y llevarme hasta mi tribu, para que muera en la tienda en que nací".

Al oír estas palabras, dijo Kanmakán: "¡Oh hermano del desierto! pertenezco a un linaje en que la nobleza y la bondad son una costumbre. ¡Y aunque el caballo no fuera para mí, te haría el favor que me pides!"

Se acercó enseguida al árabe para levantarlo, pero exhaló un largo suspiro, y dijo: "Aguardad por favor: temo que el alma se me desangra, y voy a decir mi acto de fe". Y cerró a medias los ojos, extendió la mano con la palma hacia el cielo, y dijo:

"¡Afirmo que no hay más Dios que Alah! ¡Y afirmo que nuestro señor Mahomed es el enviado de Alah!"

Y después de haberse preparado a la muerte, entonó este canto, que fueron sus últimas palabras:


¡He recorrido el mundo al galope de mi caballo, sembrando por el camino la sangre y la carnicería! ¡He franqueado torrentes y montañas para el robo, el homicidio y el libertinaje!

¡Muero como viví, errante a lo largo de los caminos, herido por aquellos a quienes acabo de vencer! ¡Abandono el fruto de mis trabajos a orillas de un torrente, muy lejano de mi suelo natal!

Y sabe, ¡oh extranjero que heredas el único tesoro del beduino! ¡Que mi alma se tranquilizará si supiese que mi corcel Katul ha de tener en ti un jinete digno de su belleza!

Apenas el árabe hubo acabado este canto, abrió convulsivamente la boca, exhaló un estertor profundo, y cerró los ojos para siempre. Y Kanmakán y su compañero abrieron una huesa y enterraron al muerto. Después de rezar las oraciones de costumbre, partieron juntos en busca de su destino por el camino de Alah.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y aplazó para el otro día la continuación de su relato.