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dimecres, 23 d’agost de 2017

LA 128ª NOCHE


PERO CUANDO LLEGO LA 128ª NOCHE
Ella dijo:

Y al desenrollar la tela, cayó un papel, en el cual aparecían estas líneas, escritas por la propia mano de Aziza:

"¡Oh mi primo muy amado!, sabe que fuiste para mí más querido y más preciado que mi propia sangre y mi vida. Así es que después de mi muerte seguiré suplicando a Alah que te haga feliz y puedas vencer a todas las que elijas. ¡Conozco las muchas desgracias que ha de acarrearte la hija de Dalila la Taimada! Sírvanle de lección, ¡y ojalá puedas alejar para siempre el amor nefasto de las mujeres infames! ¡Ojalá aprendas a librarte de ellas! ¡Bendito sea Alah, que se me lleva antes que a ti, para no obligarme al dolor de presenciar todos tus sufrimientos!

"Te ruego, por Alah, que conserves como recuerdo de mi despedida esa tela en que aparece bordada una gacela. Me ha acompañado durante tus ausencias. Me la envió la hija de un rey, la princesa de las Islas del Alcanfor y el Cristal, llamada Sett-Donia.

"Cuando te veas agobiado por las desgracias, acude en busca de la princesa Donia, en el reino de su padre, en las Islas del Alcanfor y el Cristal. Pero sabe, ¡oh Aziz! que no están destinados a ti la hermosura ni los encantos incomparables de esa princesa. No vayas a inflamarte de amor por ella, porque no ha de ser para ti más que la causa que te saque de tus aflicciones y ponga fin a las tribulaciones de tu alma.

"¡Uassalam! ¡Oh Aziz!"

Al leer esta carta de Aziza, ¡oh príncipe Diadema! me conmovió más hondamente la ternura, y lloré todas las lágrimas de mis ojos. Mi madre lloró conmigo, y aquello duró hasta que cayó la noche. Permanecí un año entero sumido en esta tristeza, sin encontrar alivio.

Entonces pensé en la partida, dispuesto a buscar a la princesa Donia en las Islas del Alcanfor y el Cristal. Y mi madre me alentó mucho, diciéndome: "Ese viaje te distraerá, y hará que se alivien tus pesares. Y he aquí que va a salir de nuestra ciudad una caravana de mercaderes que se está preparando para la marcha. Únete, pues, a ella, compra mercaderías, y vete. Pasados tres años, podrás regresar con esta misma caravana. ¡Y habrás olvidado toda la amargura que pesa sobre tu corazón! Y entonces, al ver desahogado tu corazón, me consideraré feliz".

Hice, pues, lo que me había indicado mi madre, y después de comprar excelentes mercancías, me uní a la caravana, y viajé con ella por todas partes, pero sin tener ánimos para exhibir mis géneros. ¡Al contrario! Todos los días me sentaba aparte, y cogía la tela, recuerdo de Aziza, la extendía delante de mí, y la miraba durante mucho tiempo, llorando. Y así siguieron las cosas, hasta que después de un año llegamos a las fronteras en que reinaba el padre de la princesa Donia. Eran las Siete Islas del Alcanfor y el Cristal.

Ahora bien, el rey de ese país, ¡oh príncipe Diadema! se llama el rey Schahramán.

Y es, efectivamente, el padre de la princesa Donia, que sabe bordar con tanto arte esas gacelas que envía a sus amigas.

Pero al llegar a este reino, pensé: "¡Oh Aziz! ¿De qué pueden servirte, ¡oh pobre lisiado! todas las princesas y todas las jóvenes del mundo? ¿De qué han de servirte cuando te han dejado el vientre tan liso como el de una mujer?"

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta, según su costumbre, se calló hasta el otro día.


dissabte, 19 d’agost de 2017

LA 127ª NOCHE

 

Y CUANDO LLEGO LA 127ª NOCHE
Ella dijo:

Y al verme en aquella extrema palidez y debilidad, lloró más todavía. Entonces me asaltó el recuerdo de mi pobre y dulce Aziza, muerta de pena por mi culpa, y la eché de menos por primera vez, vertiendo por ella lágrimas de desesperación y arrepentimiento. Y cuando me hube calmado un momento, me dijo mi madre con los ojos llenos de llanto: "¡Oh, pobre hijo mío! las desdichas habitan nuestra casa, porque has de saber lo peor que podías saber: ¡tu padre ha muerto!" Al oírlo, se me atravesaron los sollozos en la garganta, quedé inmóvil, y caí después al suelo, y así estuve durante toda la noche.

Por la mañana me obligó a levantarme mi madre, y se sentó a mi lado. Pero yo estaba como clavado en mi sitio, mirando el rincón donde acostumbraba sentarse mi pobre Aziza, y las lágrimas me corrían silenciosas por las mejillas. Y mi madre me dijo: "¡Ah hijo mío! ya hace diez días que estoy sola en esta casa vacía y sin dueño; diez días hace que tu padre murió en la misericordia de Alah".

Y yo dije: "¡Oh madre! en estos momentos estoy dominado completamente por el recuerdo de mi pobre Aziza, y no podría consagrar mi dolor a otra memoria que la suya. ¡Pobre Aziza! ¡Tan abandonada por mí, tú que me querías de veras! ¡Perdona a este miserable que te atormentó, y que está excesivamente castigado por sus culpas y traiciones!"

Ahora bien; mi madre notaba lo profundo y verdadero de mi dolor, pero seguía callando. Por lo pronto, se apresuró a curarme las heridas y a traerme con qué recuperar las fuerzas. Después de estos cuidados, siguió prodigándome sus ternuras y velaba a mi lado, diciéndome: "¡Bendito sea Alah, ¡oh hijo mío! porque no te han sobrevenido peores calamidades, y has salvado la vida!" Y así hasta que estuve completamente restablecido, aunque seguía enfermo del alma y atormentado por los recuerdos.

Un día, después de comer, mi madre vino a sentarse a mi lado, y me dijo: "¡Oh hijo mío! creo que ha llegado la ocasión de entregarte el recuerdo que me confió la pobre Aziza antes de morir, pues me encargó que no te lo diese hasta que te condolieses por ella y hubieras abandonado definitivamente los malos lazos que te sujetaban". En seguida abrió un cofrecillo y sacó de un paquete esa tela preciosa en que está bordada la segunda gacela que tienes delante de los ojos, ¡oh príncipe Diadema! Y mira los versos que se entrelazan en las orillas:

¡Llenaste mi corazón de tu deseo para sentarte encima y triturarlo; acostumbraste mis ojos a velar, y en cambio tú dormías!
¡Ante mi vista y ante los latidos de mi corazón, tuviste sueños extraños a mi amor, cuando mi corazón y mis ojos se derretían de deseo por ti!
¡Por Alah! hermanas mías, cuando me haya muerto, escribid en el mármol de mi tumba:
"¡Oh tú que marchas por el camino de Alah! ¡He aquí la tierra en que descansa por fin una esclava de amor!"
Al leer estas estrofas, lloré abundantes lágrimas, y me golpeé las mejillas. Y al desenrollar la tela, cayó un papel, en el cual aparecían estas líneas, escritas por la propia mano de Aziza. ..

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


dijous, 17 d’agost de 2017

LA 126ª NOCHE



PERO CUANDO LLEGO LA 126ª NOCHE
Ella dijo:

Así es que no dudé de mi muerte, sobre todo cuando vi lo que hacían las esclavas. Dos de ellas se sentaron sobre mi vientre, otras dos me sujetaron los pies, y otras dos se me sentaron en las rodillas. Enseguida se levantó la joven, y auxiliada por otras dos esclavas, empezó a darme palos en la planta de los pies, hasta que caí desmayado de dolor. Entonces cesarían de golpearme. Después volví de mi desmayo, y dije: "¡Prefiero la muerte mil veces a estos tormentos!"

Y ella, dispuesta a complacerme, cogió otra vez el espantable machete, lo afiló en su babucha, y ordenó a las esclavas: "¡Tendedle la piel del cuello!"

En este mismo instante, Alah me hizo recordar las últimas palabras de la pobre Aziza. Y exclamé:

"¡Qué dulce es la muerte, y cuán preferible a la traición!"

Al oír estas palabras, dió un gran grito de espanto, y clamó después: "¡Tenga Alah piedad de tu alma! ¡Oh Aziza! ¡Acabas de salvar de una muerte segura al hijo de tu tío!"

Enseguida me miró fijamente, y dijo: "En cuanto a ti, aunque debas tu salvación a esas palabras de Aziza, no te creas completamente libre, pues necesito vengarme de ti y de esa bribona desvergonzada que te ha retenido lejos de mi compañía. ¡Y he aquí que voy a emplear el único medio, el verdadero medio!" Y dirigiéndose a sus esclavas, exclamó: "¡Apretad bien, e impedidle que se mueva; amarradle los pies!" Y esto fué ejecutado enseguida.

Entonces se levantó la joven, y puso a la lumbre una sartén de cobre rojo, y echó en ella aceite y queso blando. Aguardó a que el queso se derritiera en el aceite, y luego volvió hacia mí, que seguía tendido en tierra, sujeto por las esclavas. Se inclinó y me desató el calzón, y a este contacto sentí grandes oleadas de terror y vergüenza. Adivinaba lo que iba a ocurrir. Y la joven, habiéndome dejado el vientre desnudo, me cogió los compañones, me los ató por la misma raíz con una cuerda encerada, y dió a las esclavas los dos extremos de la cuerda, ordenándoles que tirasen todo lo que pudiesen. Y ella, mientras tanto, con una navaja muy afilada, segó fieramente mi zib, de un solo golpe, causando mi infortunio. Figúrate, ¡oh príncipe Diadema! si el dolor y la desesperación no me harían desmayarme.

Todo lo que sé después de eso, es que cuando volví de mi desmayo me hallé con el vientre tan liso como el de una mujer. Y las esclavas aplicaban a mi herida el aceite hervido con el queso blando, lo cual no tardó en restañarme la sangre. Hecho esto, se me acercó la joven, me dió un vaso de jarabe para apagar mi sed, y me dijo despreciativamente:

"¡Vuelve al sitio de donde viniste! ¡Mi deseo está saciado! ¡Ya no eres nada para mí, ni puedes servir a nadie, pues me he apoderado de la única cosa que necesitaba!" Y me rechazó con el pie, y me echó de casa, diciéndome como despedida: "¡Tente por dichoso cuando aún sientes la cabeza sobre los hombros!"

Entonces me arrastré dolorosamente hasta la morada de mi joven esposa, y llegado a la puerta, que encontré abierta todavía, entré silenciosamente y fui a caer consternado sobre los almohadones del salón. Enseguida acudió mi esposa, que al verme tan pálido me examinó atentamente, haciendo que le contase mi desventura y que le mostrase mi individualidad mutilada. Pero no pude soportar el verme así, y volví a caer desvanecido.

Al volver de mi desmayo, me vi tendido en la calle, al pie de la puerta, pues mi esposa, al encontrarme como una mujer, me había expulsado de su morada.

Y en aquel miserable estado me encaminé a mi casa, y fui a echarme en brazos de mi madre, que me lloraba desde hacía muchísimo tiempo, creyéndome perdido por algún extremo de la tierra. Me recibió sollozando, y al verme en aquella extrema palidez y debilidad...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


dimecres, 16 d’agost de 2017

LA 125ª NOCHE



PERO CUANDO LLEGO LA 125ª NOCHE
Ella dijo:

Entonces me entristecí profundamente, y lleno de furor dije para mí: "Hace un año que me ausenté de estos lugares, ahora llego de improviso, y lo encuentro todo como en tiempos pasados. ¡Pues bien, Aziz! antes de ver a tu madre, que debe llorarte por muerto, conviene que sepas lo que ha sido de tu antigua enamorada. ¡Quién sabe lo que habrá ocurrido en tanto tiempo!" Y avancé apresuradamente hacia la sala de la cúpula de ébano y de marfil, y al penetrar en ella encontré a mi amiga sentada, con la cabeza baja y acodada sobre las rodillas. ¡Pero cuán desmejorada me pareció! ¡Sus ojos hallábanse bañados de lágrimas, y su rostro no podía estar más triste! Y al verme delante de ella, se sobresaltó mucho, intentó enseguida levantarse, pero la emoción la hizo caer de nuevo.

Al fin pudo hablar, y exclamó muy dichosa "Loor a Alah por tu llegada, ¡oh Aziz!”

Y yo me quedé extremadamente confuso, y bajé la cabeza ante aquella alegría inconsciente de mis infidelidades, pero no tardé en avanzar hacia mi amiga, y después de besarla, le dije: "¿Cómo has podido adivinar que vendría esta noche?" Y ella dijo: "¡Por Alah! Ignoraba tu venida. Pero hace un año que te aguardo aquí todas las noches, y lloro en esta soledad y me consumo. ¡Mira cuán desmejorada estoy por las vigilias y el insomnio! ¡Aquí te he estado aguardando desde el día que te di el ropón de seda nueva y te hice prometer que volverías! ¡Pero dime, por favor, la causa que te ha retenido tanto tiempo lejos de mí!"

Entonces, ¡oh príncipe Diadema! le conté candorosamente toda mi aventura, y mi matrimonio con la joven de hermosos muslos. Después añadí: "Y he de advertirte que no puedo pasar contigo más que esta noche, pues antes de que amanezca he de estar en casa de mi esposa, que me lo ha hecho jurar por tres cosas santas".

La joven, apenas se enteró de que me había casado, palideció intensamente y se quedó muda de indignación. Y por fin dijo: "¡Eres un miserable! ¡Soy la primera a quien conociste, y no me dedicas aunque sea toda una noche, ni tampoco se la concedes a tu madre! ¿Crees que tengo tanta paciencia como la pobre Aziza, que Alah conserve en su misericordia? ¿Crees que voy a dejarme morir de pena por tus infidelidades? ¡Ah pérfido Aziz! Ahora nadie te librará de mis manos. ¡No tengo ninguna razón para perdonarte, pues ya no me sirves para nada, porque los hombres casados me horrorizan, y sólo me deleitan los solteros! ¡Y ya que no eres mío, no quiero que pertenezcas a nadie! ¡Aguarda, pues, un poco!"

Y dichas estas palabras con un acento terrible y estallándole los ojos, me acometió el temor de lo que iba a sobrevenir. Y súbitamente, sin darme tiempo para nada, se precipitaron sobre mí diez esclavas jóvenes, más robustas que negros, y me echaron en tierra y me inmovilizaron. Entonces ella se levantó, cogió un espantoso machete, y dijo: "¡Vamos a degollarte como se degüella a los machos cabríos cuando son demasiado rijosos! ¡Y al vengarme, vengaré también a la pobre Aziza, cuyo hígado hiciste estallar de pena!

"¡Vas a morir, miserable traidor! ¡Di tu acto de fe!" Y al pronunciar estas palabras apoyaba la rodilla en mi frente, mientras que sus esclavas no me permitían ni respirar siquiera. Así es que no dudé de mi muerte, sobre todo...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


dimarts, 15 d’agost de 2017

LA 124ª NOCHE


PERO CUANDO LLEGÓ LA 124ª NOCHE

En efecto, una vez que hicimos primeramente eso, me dijo: "¡Obra como quieras! ¡Soy tu esclava sumisa! ¡Anda! ¡Ven! ¡Tómalo! ¡Por mi vida sobre ti! ¡Dámelo mejor, para que con mi mano lo haga penetrar en mí, y me calme las entrañas!" Y no cesó en sus suspiros ni en sus gemidos, entre besos, transportes, movimientos y copulaciones, hasta que nuestros gritos se extendieron por toda la casa y alborotaron toda la calle. Después de lo cual nos dormimos hasta por la mañana.

Entonces, cuando me disponía a marcharme, se acercó a mí maliciosamente, y me dijo: "¿Adónde vas?" ¿Crees que la puerta de salida está abierta como la puerta de entrada? ¡Desengáñate, Aziz! ¡Y sobre todo, no me confundas con la hija de Dalila la Taimada! ¡Apresúrate a alejar ese injurioso pensamiento! ¡Recuerda que estás unido legítimamente conmigo mediante un contrato, confirmado por la Sunna!

¡Ah mi querido Aziz! ¡Si estás borracho, despabílate y vuelve a tu razón! Sabe que la puerta de esta casa no se abre más que una vez al año, y sólo por un día. ¡Levántate si no, y ve a comprobar mis palabras!"

Entonces me levanté asustado, me dirigí hacia la puerta principal, y después de haberla examinado bien, me cercioré de que estaba barrada, clavada y condenada, sin lugar a dudas. Y volví hacia la joven, y le dije que efectivamente la cosa era exacta. Ella me sonrió entonces muy feliz, y me dijo: "¡Oh mi querido Aziz! sabe que aquí tenemos en abundancia harina, grano, frutas frescas y secas, granadas desecadas, manteca, azúcar, dulces, carneros, pollos y otras cosas semejantes, en cantidad suficiente para un buen número de años. Estoy tan segura de que permanecerás aquí durante un año, como de que no ha de faltarnos nada de eso. ¡Resígnate, pues, y deja ese aspecto tan triste y esa cara tan ceñuda!"

Entonces suspiré: "¡No hay fuerza ni poder más que en Alah!" Y ella dijo: "¿Pero de qué te quejas, ¡oh grandísimo tonto!? ¿A qué viene el suspirar de esa manera cuando me has dado unas pruebas tan brillantes de tu suficiencia para el oficio de gallo de que hablamos ayer?" Y se echó a reír. Y yo también me eché a reír. Y entonces tuve que obedecerla y amoldarme a sus deseos.

Permanecí, pues, en aquella morada ejerciendo mi oficio de gallo; comiendo, bebiendo y haciendo el amor dura y secamente, durante un año entero de doce meses. Así es que al cabo del año la joven estaba bien fecundada, y parió un niño. Y entonces, por primera vez, oí el rumor de la puerta, cuyos goznes chirriaban. Y mi alma exhaló un hondo "¡Ya Alah!" de redención.

Abierta la puerta, vi entrar un gran número de proveedores que venían cargados de alimentos para todo el año: un cargamento de pasteles, harina, azúcar, y otras provisiones por el estilo. Y de un salto quise ganar la calle y la libertad. Pero ella me sujetó por el faldón, y me dijo: "¡Oh ingrato Aziz! aguarda siquiera a que se haga de noche, y que sea la misma hora en que entraste aquí hace un año". Y me resigné a aguardar un poco más. Pero apenas anocheció, me dirigí hacia la puerta, y la joven me acompañó hasta el umbral, no dejándome salir hasta que le hube jurado que volvería antes de que se cerrase la puerta por la mañana. Y no tenía más remedio que cumplirlo, pues le juré por la Espada del Profeta, ¡sean con él la plegaria y la paz! y por el Libro Noble, y por el Divorcio.

Salí por fin, y me dirigí apresuradamente a casa de mis padres, pero pasando por el jardín de mi amiga, aquella a la que mi esposa llamaba la hija de Dalila la Taimada. Y con gran sorpresa, vi que el jardín estaba abierto como de costumbre, con la linterna encendida en el fondo de los bosquecillos.

Entonces me entristecí profundamente, y lleno de furor dije para mí...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta, según su costumbre, se calló hasta el otro día.


dilluns, 14 d’agost de 2017

LA 123ª NOCHE


PERO CUANDO LLEGO LA 123ª NOCHE
Ella dijo:

Efectivamente, cuando estaba en medio del corredor, la joven me tiró al suelo muy diestramente, dándome una zancadilla, y en seguida se tendió a lo largo encima de mí, apretándome entre sus brazos hasta ahogarme. Y yo creí que me quería matar y que así me impedía que gritase.

¡Pero no había nada de eso!

La joven, después de varios movimientos, se sentó sobre mi vientre, y empezó a frotarme furiosamente con la mano. Y tanto friccionó, y tanto tiempo, y de manera tan extraordinaria, que perdí el sentido y cerré los ojos como un idiota. Entonces la joven se puso de pie, me ayudó a levantarme, me cogió de la mano, y seguida de su madre me hizo atravesar siete corredores y siete galerías, llevándome a su aposento. Y yo la seguía como un hombre borracho, a consecuencia del efecto que me habían producido sus dedos terriblemente expertos.

Entonces me mandó sentar, y me dijo: "¡Abre los ojos!" Y yo abrí los ojos, y me vi en una sala inmensa alumbrada por cuatro grandes arcadas con cristales, y tan amplia era, que habría podido servir de palenque para justas de jinetes. Estaba toda pavimentada de mármol, y las paredes aparecían cubiertas de chapas de colores muy vivos formando dibujos finísimos. Sus muebles eran de una forma muy agradable y realzados con brocado y terciopelo, lo mismo que los divanes y cojines. En el testero había una amplia alcoba, con una gran cama toda de oro, incrustada de perlas y pedrería, verdaderamente digna de un rey como tú, príncipe Diadema.

Entonces la joven me llamó por mi nombre, con gran asombro mío, y me dijo: "¡Oh Aziz! ¿Qué prefieres, la muerte o la vida?" Y dije: "¡La vida!" Y ella repuso: "Desde el momento que es así, debes tomarme por esposa".

Yo exclamé: "¡No, por Alah! ¡Antes que casarme con una libertina de tu índole prefiero la muerte!" Y ella dijo: "¡Oh Aziz, créeme! ¡Cásate conmigo, y así te desharás de la hija de Dalila la Taimada!" Y yo pregunté: "¿Pero quién es esa hija de Dalila la Taimada? No conozco a nadie que se llame así". Entonces ella se echó a reír, y me dijo: "¿No conoces a la hija de Dalila la Taimada, y hace un año y cuatro meses que es tu amante? ¡Pobre Aziz! ¡Teme las perfidias de esa miserable, a quien confunda Alah! ¡No hay en la tierra alma más corrompida que la suya! ¡No sabes cuántas víctimas han muerto por su propia mano! ¡Cuántos crímenes ha cometido contra sus numerosos amantes! ¡Estoy asombrada de que estés aún sano y salvo, conociéndola tanto tiempo!

Al oír estas palabras llegué al límite de la estupefacción, y dije: "¡Oh señora mía! ¿Podrías explicarme cómo has conocido a esa persona, y todos esos detalles que yo ignoro?"

Ella contestó: "¡La conozco como el Destino conoce sus decisiones y las calamidades que encierra! Pero antes de explicarme, deseo saber de tus labios el relato de tu aventura con ella. Porque te repito que aun estoy asombrada de que hayas salido vivo de entre sus manos".

Entonces le conté a la joven todo lo que me había ocurrido con mi enamorada del jardín y con la pobre Aziza, hija de mi tío; y ella, al oír el nombre de Aziza, se compadeció de mi prima, hasta llorar a lágrima viva, y me dijo: "¡Alah te conceda sus beneficios, ¡oh Aziz! ¡Veo claramente que debes tu salvación de entre las manos de esa mujer a la intervención de la pobre Aziza! Ahora que estás libre de ella, guárdate bien de las asechanzas de esa miserable. Pero no puedo revelarte nada más, pues el, secreto nos ata".

Y exclamé: "Pues todo eso es lo que me ha ocurrido con Aziza, y sabe que antes de morir me encargó que diga a mi amada, a la cual llamas la hija de Dalila, estas palabras: "¡Qué dulce es la muerte, y cuán preferible a la traición!" Apenas acabé de pronunciar estas palabras, exclamó la joven: "¡Oh Aziz! he aquí lo que te ha salvado de una perdición segura. ¡No encontrarás otra mujer como Aziza! ¡Viva o muerta, sigue velando por ti!

Pero dejemos a los muertos, que están en la paz de Alah, y atendamos a lo presente. Sabe que el deseo de que fueras mío me ha obsesionado todas las noches y todos los días, y hasta hoy no he podido echarte mano. ¡Y ya ves que he logrado mi deseo! ¡Pero eres muy joven, y no conoces los recursos de que es capaz una vieja como mi madre! Resígnate, pues, a tu destino, y déjame obrar a mí.

No tendrás más que alabanzas para tu esposa, porque quiero unirme contigo por contrato legítimo ante Alah y su Profeta, ¡sean con él la plegaria y la paz! Y todos tus deseos se verán extremadamente satisfechos entonces: riquezas, buenos tejidos para tu ropa, turbantes inmaculados, todo lo tendrás sin gastar nada; y no te permitiré abrir el bolsillo, porque en mi casa el pan siempre está fresco y la copa siempre está llena. En cambio, sólo te pediré una cosa, ¡oh Aziz!"

Y yo dije: "¿Qué cosa?" Y contestó: "¡Que hagas conmigo lo que hace el gallo!" Y yo, más asombrado, pregunté: "¿Pero qué hace el gallo?"

Al oír mi pregunta, soltó una sonora carcajada, tan fuerte, que se cayó de trasero; y se puso a trepidar de alegría, palmoteando. Después dijo: "¿Es posible que no conozcas el oficio del gallo?" Y yo contesté: "¡No, por Alah! ¡No conozco ese oficio! ¿Cuál es?" Y ella dijo: "¡El oficio del gallo, ¡oh Aziz! es comer, beber y copular!".

Entonces, verdaderamente confuso al oírla hablar así, dije: "¡Por Alah! no sabía que hubiese tal oficio".

Y ella contestó: "Es el mejor de todos los oficios. ¡Conque ánimo! ¡Oh Aziz! ¡Cíñete el cinturón, fortalécete los riñones, y ojalá lo hagas dura y secamente, mucho tiempo!"

Y gritó a su madre: "¡Oh madre! ven enseguida".

Y vi entrar a la madre con cuatro testigos, cada uno de ellos con un candelabro encendido. Avanzaron, y después de las zalemas acostumbradas, se sentaron en corro.

Entonces la joven se echó el velo por la cara, según se acostumbra, y se envolvió en el izar (Velo grande). Y los testigos redactaron el contrato.

Y ella quiso declarar generosamente que había recibido de mí una dote de diez mil dinares por todas las cuentas atrasadas o futuras, y se reconoció mi deudora, sobre su conciencia y ante Alah, de tal cantidad.

Luego dió la acostumbrada gratificación a los testigos, que haciendo zalemas, se fueron por donde habían venido.

Y la madre se eclipsó también.

Y nos quedamos los dos solos, en la gran sala de las cuatro arcadas de cristales.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente hasta el otro día.


diumenge, 13 d’agost de 2017

LA 122ª NOCHE


PERO CUANDO LLEGO LA 122ª NOCHE
Ella dijo:

Y la anciana, después de haberme deseado la paz, me dijo: "Hijo mío, ¿sabes leer?" Y yo contesté: "Sí, mi buena tía". Ella me dijo: "Entonces te ruego que cojas esta carta y me leas su contenido". Y me alargó la carta. Yo la cogí, la abrí y leí el contenido. Decía que el firmante de ella estaba bien de salud, y mandaba recuerdos y un saludo a su hermana y a sus parientes. Al oírlo levantó la vieja los brazos al cielo, e hizo votos por mi prosperidad, pues le anunciaba tan buena nueva.

Y exclamó: "¡Plegue a Alah que te alivie de todas tus penas, como has tranquilizado tú las mías!" Después cogió la carta y siguió su camino.

Entonces sentí una necesidad apremiante, y me arrimé a una pared y satisfice mi necesidad.

Me levanté después, habiéndome sacudido bien, y me arreglé la ropa, dispuesto a proseguir mi camino. Pero entonces vi venir a la vieja, que me cogió la mano, se la llevó a los labios, y me dijo:

"Dispénsame, ¡oh mi señor! pero tengo que pedirte una merced, y si me la concedes será para mí el colmo de los beneficios, y seguramente te remunerará el Retribuidor. Te ruego que me acompañes cerca de aquí, para que leas esta carta a las mujeres de mi casa, pues seguramente no querrán fiarse de mí, sobre todo mi hija, que tiene mucho afecto al firmante de esta carta, un hermano suyo que nos dejó hace diez años, y cuya primera noticia es ésta, desde que le lloramos por muerto.

¡No me niegues este favor! No tendrás que tomarte ni siquiera el trabajo de entrar, pues podrás leer esta carta desde fuera. Ya sabes las palabras del Profeta ¡sean con él la plegaria y la paz! respecto a los que ayudan a sus semejantes: "Al que saca a un musulmán de una pena de entre las penas de este mundo, se lo tiene en cuenta Alah borrándole setenta y dos penas de las penas del otro mundo".

Accedí, pues, a su petición, y le dije: "¡Anda delante de mí, para alumbrar y enseñarme el camino!" Y la vieja me precedió, y a los pocos pasos llegamos a la puerta de un palacio magnífico.

Era una puerta monumental, chapada toda de bronce y de oro rojo labrado. Me detuve, y la vieja llamó en lengua persa. Enseguida, sin que tuviese tiempo de darme cuenta, por lo rápido que fué el movimiento, se entreabrió la puerta y vi a una joven regordeta que me sonreía. Llevaba los pies descalzos sobre el mármol recién lavado, se sujetaba con las manos, por miedo de mojarlos, los pliegues de su calzón, levantándolo hasta medio muslo. Y las mangas las llevaba también levantadas hasta más arriba de los sobacos, que se veían en la sombra de los brazos blancos. Y no sabía qué admirar más, si sus muslos como columnas de mármol o sus brazos de cristal.

Sus finos tobillos estaban ceñidos con cascabeles de oro y pedrería; sus flexibles muñecas ostentaban dos pares de pesados y magníficos brazaletes; llevaba en las orejas maravillosas arracadas de perlas, al cuello triple cadena de joyas insuperables, y a la cabeza un pañuelo, de finísimo tejido, constelado de diamantes. Y debía estar entregada a algún ejercicio muy agradable, porque la camisa se le salía del calzón, cuyos cordones estaban desatados.

Su hermosura, y sobre todo sus muslos admirables, me dieron enormemente qué pensar, y recordé estas palabras del poeta:

¡Virgen deseada, para que yo adivine tus tesoros ocultos, procura levantarte la ropa hasta el nacimiento de tus muslos! ¡Oh alegría de mis sentidos! ¡Después, tiéndeme la copa fértil del placer!
Cuando la joven me vió, quedó muy sorprendida, y con su ingenuo aspecto, sus ojos muy abiertos y su voz gentil, más deliciosa que todas las que había oído en mi vida, preguntó: "¡Oh madre mía! ¿Es éste el joven que nos va a leer la carta?" Y como la anciana contestase afirmativamente, la joven me alargó la carta que acababa de entregarle su madre. Pero cuando me inclinaba hacia ella para recibir la carta, me sentí violentamente empujado hacia adentro por un cabezazo en la espalda que me acababa de asestar la vieja. Me empujó hacia el interior del vestíbulo, mientras que ella, más veloz que el relámpago, se apresuraba a entrar detrás de mí, y cerró apresuradamente la puerta de la calle. Y así me vi preso entre aquellas dos mujeres, sin saber lo que querían hacer de mí. Pero no tardé en enterarme de todo. Efectivamente...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente hasta el otro día.